Cuando nace un niño, nacen también abuelos

Por Josefina Soffia, psicóloga del programa “Aprender en Familia” de Fundación CAP.

Cada vez que nace un niño, vienen al mundo con él nuevos padres y, en la mayoría de los casos, también abuelos y abuelas. El nacimiento de un hijo es siempre una oportunidad de descubrirse a uno mismo en este nuevo rol y también de re-conocer a los propios papás, ahora en este nuevo rol.

La crianza es una tarea reconfortante y desafiante al mismo tiempo, la que puede volverse cuesta arriba si la emprendemos solos. El estilo de vida agitado que llevamos hoy en día, hace que en ocasiones olvidemos que la crianza es una tarea colectiva y que se necesita toda una tribu para criar a un niño. Podemos pensar que nuestra tarea como padres es proveer todo lo que nuestro hijo necesita para crecer feliz. Sin embargo, uno de los primeros aprendizajes que sin duda tendrán los nuevos papás y mamás será dejarse acompañar.

Involucrar a los abuelos en la crianza es una situación que en el ámbito de la negociación se conoce como “win-win”; es decir, en la que todos ganan. Los padres ganan apoyo y experiencia, los adultos mayores obtienen reconocimiento y vitalidad, los niños consiguen momentos invaluables de juego, aprendizaje y complicidad, y la familia completa se beneficia de sentido de identidad y pertenencia.

Los abuelos tienen una experiencia que los papás todavía no han alcanzado cuando empiezan a criar. Ellos ya pasaron por ese momento y ahora pueden vivirlo sin la ansiedad o el temor del que se enfrenta a un reto por primera vez. De esta manera, los padres descubren que no están solos. Tienen tiempo, o más bien han aprendido a hacerse el tiempo, para jugar y contemplar el mundo con sus nietos. Ellos saben que el cariño es lo más importante y lo ponen en la crianza con la dosis necesaria, es decir, sin límites. No obstante, al mismo tiempo saben corregir y respetar el derecho a equivocarse. Ellos enseñan a rezar, a esperar, a confiar.

Cuando nace un hijo, los nuevos padres que han estado inmersos en su mundo y sus quehaceres, suelen acercarse otra vez a sus propios papás que ahora son abuelos. El nuevo integrante de la familia les regala todos un nuevo estatus y con ello la oportunidad de aprender, crecer e incluso enmendar aquello que haya que mejorar.

Y, sin duda, quienes más ganan en este proceso son los niños y niñas. Quienes hayan tenido el privilegio de tener abuelos presentes durante la infancia, recordarán la dicha de escucharlos contar historias, de maravillarse con su sabiduría y de compartir momentos únicos de juego y magia.  Sin embargo, este espacio de complicidad solo podrá surgir si el resto de los adultos de la familia lo permite, si comprendemos que los niños no son sólo de sus padres sino también de sus hermanos, tíos, abuelos y de todos aquellos que los quieran y estén dispuestos a participar de su crianza.

Cuando nazca un niño, presenciemos cómo junto a él nacen sus papás y abuelos. Y si no hay uno sanguíneo presente, adoptemos uno, siempre habrá cerca algún adulto sabio que quiera cumplir ese hermoso rol.

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