Mírame y descúbreme

Por Claudia Soto, psicóloga del Programa “Aprender en Familia” de Fundación CAP.

No existe un niño o niña igual a otro, cada uno siente, actúa y reacciona de forma distinta, cada uno es especial y tiene una individualidad que debe ser descubierta y respetada.

Este precioso y desafiante trabajo nos permite descubrir un poco más la  singularidad de nuestros niños y niñas; conocer sus capacidades, intereses y preferencias. A la vez, nos da la posibilidad de que ellos nos conozcan, nos descubran y así juntos ir formando una familia con sello e identidad propia.

Cuando pensamos en el proceso de crianza y de relación con nuestros hijos, podríamos imaginarnos un momento de danza entre dos personas, el cual requiere que ambas partes se conozcan y descubran, para ir entendiéndose, ajustándose y así lograr bailar cada día más coordinada y fluidamente.  Esto  mismo  sucede en la relación padres – hijos, ya que es un proceso paulatino de conocimiento mutuo, de respeto,  aceptación de individualidades y de afianzamiento constante del vínculo.

La capacidad de descubrirnos es clave para  fortalecer nuestra sensibilidad parental, y ¿en qué consiste la sensibilidad parental?, podríamos de forma simple resumirla en cuatro aspectos principales:

  1. Percibir y descubrir cuándo y cómo nuestros niños y niñas tienen alguna necesidad. Es decir, reconocer cómo se comunican, cómo nos manifiestan lo que necesitan.
  2. Interpretar las señales, tratar de comprender lo que nuestros niños y niñas nos expresan con o sin palabras, cuáles son las claves que nos dan para que los ayudemos a resolver sus necesidades.
  3. Responder de una manera adecuada a la necesidad, aliviándolos o calmándolos, considerando siempre la individualidad de cada hijo e hija y la etapa de desarrollo en que se encuentra.
  4. Responder en el momento preciso, ni antes ni después.

Fortalecer la sensibilidad como madres, padres u otros adultos significativos ayudará a nuestros niños a desarrollar lo que se denomina, un vínculo de apego seguro. Este apego es una necesidad básica, de todo ser humano, que lo lleva a comprometerse en una relación afectiva significativa y duradera con otros. La calidad de este vínculo de apego dependerá en gran medida de cuánto calmemos y respondamos a las necesidades de nuestros niños en el momento adecuado, y para lograrlo es fundamental conocerlos en su singularidad, recordando siempre que cada hijo e hija es un ser único y distinto aunque compartan la misma casa, ambiente, etc. Por esto es importante que los cuidadores (adultos responsables y participantes de la crianza de los niños) estén dispuestos a reconocer e ir descubriendo los estilos propios de cada uno, la “forma de ser” que cada niño va mostrando y valorar lo que aporta a la familia desde su individualidad.

Existen algunas sugerencias para ayudarnos, como padres, a ir conociendo y descubriéndolos día a día:

 

  • Déjese acompañar por su niño en las actividades cotidianas y pídale que lo ayude de acuerdo a su edad. Por ejemplo, permítale que vaya con usted a la feria y pídale que elija algunas frutas; vayan juntos a visitar un familiar y pídale que haga un dibujo para esa persona; pídale que le ayude a poner la mesa para el almuerzo, a hacer su cama, etc. y reconozca y valore la ayuda en forma explícita.

 

  • Obsérvelo durante los distintos momentos del día poniendo atención a las cosas que le gustan o le cuestan. Por ejemplo, puede descubrir cuál es su juguete favorito o que comida disfruta más, qué situaciones lo hacen enojar, cúando se pone feliz, a qué le tiene miedo, etc.

 

  • Observe siempre qué quiere decir su niño o niña con las señales que da. Qué claves entrega y de qué forma las expresa. Recuerde que a pesar de que ya hablen, no siempre resulta fácil para los adultos entender que están sintiendo, pensando o queriendo.

 

  • Involúcrese en los juegos de su hijo. A través del juego, ellos conocen el mundo y los padres y madres podemos fortalecer el vínculo con ellos entrando en su mundo y en su fantasía.

 

 Para los padres y madres, la crianza es una labor muy gratificante, pero al mismo tiempo difícil y por momentos agotadora. Cuando reconocemos esto, podemos buscar apoyo y compartir con otros este desafiante proceso.

 

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