Tugar Tugar… Salir a jugar

Por Bernardita Izquierdo, psicóloga del Programa “Aprender en Familia” de Fundación CAP.

El juego es natural y necesario para todo ser humano. Es más, desde 1989 con la Convención de los Derechos del Niño jugar pasó a ser un derecho, lo que implica que como madres, padres, educadores y sociedad tenemos la responsabilidad de promoverlo.

Cuando un niño o niña juega es una señal de salud mental. Hacerlo desarrolla el cerebro, la autonomía, la imaginación, la creatividad, así como también permite aprender y explorar el mundo. Posibilita transformar y procesar diferentes experiencias dolorosas o gozosas, por ejemplo, alguno que vivió una experiencia traumática es posible que juegue una y otra vez a revivirla, lo que le facilitará la elaboración de lo sucedido. Además, facilita relacionarse con otros, promover las habilidades interpersonales y fortalecer el vínculo entre adultos y niños.

Por todo esto, cabe preguntarnos, ¿cuánto tiempo diario le dedican nuestros hijos a jugar?, ¿jugamos suficientemente con ellos? Hoy en día se encuentran llenos de sofisticados juguetes y de actividades extra programáticas. Sin embargo, el asistir a una clase de fútbol no es lo mismo que jugar fútbol y el tener juguetes no necesariamente significar poder jugar con ellos.

El pedagogo y dibujante Francesco Tonucci dice que jugar es “recortar un trozo de mundo, ofrecerlo a alguien, que son los compañeros de juego, y jugarlo juntos”. Para esto no son requisitos los juguetes, porque la imaginación lo puede todo y lo que falta se inventa. Es una actividad siempre voluntaria y placentera, y se da en un espacio determinado. Por lo tanto, para promover el juego es esencial:

– Dejar a un lado nuestros deseos de control.

– No presionar para realizar ciertas actividades, ya que dejará de ser voluntario y

placentero. Esto no quita que como adultos podamos proponer ciertas actividades.

– Despejar los peligros para que los niños pueda moverse libremente.

– Respetar su imaginación y creatividad, sin procurar imponer la realidad de los adultos.

– Destinar diariamente un tiempo para que jueguen, ya sea al interior o fuera del hogar.

Además de “dejar” jugar, es necesario también hacerlo con nuestros hijos. En nuestro mundo de adultos muchas veces no nos resulta fácil, por lo que el desafío está en recordar nuestra niñez, ponernos a su altura, sentarnos en el suelo y dejarnos llevar por su creatividad. Así podremos participar y dejar de ser espectadores, creyéndonos de verdad “el perro peludo” o “el león que está listo para atacar”. Si hacemos eso al menos 10 a 15 minutos diarios, todos en la familia nos beneficiaremos, fortaleceremos nuestras relaciones e, incluso, aliviaremos el estrés.

Jugar es una oportunidad para crecer, desarrollarse, pasarlo bien y también aprender. Como decía Nietzche: “El juego es el trabajo del niño”. Para los adultos suele ser un descanso, para ellos, en cambio, debería ocupar gran parte de su vida. A pesar del cansancio y la falta de tiempo, vale la pena el esfuerzo porque cuando jugamos con nuestros hijos no perdemos el tiempo sino todo lo contrario, lo ocupamos en algo muy valioso.

Ideas sencillas para jugar juntos:

– Juegue con su cara y su propio cuerpo. Durante el primer año de vida, el mejor juguete es el adulto, por lo que una cara, sonido o sonrisa puede generar mucho placer.

– Aproveche elementos seguros de la casa; ollas, cucharas de palo y envases vacíos pueden ser muy divertidos.

– Permita al niño moverse libremente. Desde que empiezan gatear o caminar disfrutan probando sus habilidades motoras, arrastrando sillas o subiendo y bajando pequeños escalones.

– Cuente historias familiares o construya otras en conjunto.

– Baile y realice juegos que impliquen movimiento (pinta, escondida, fútbol, etc.).

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