¿SERÁ MAÑA? EDUCAR LAS EMOCIONES DESDE PEQUEÑOS

Por Claudia Soto, psicóloga del programa “Aprender en Familia” de Fundación CAP

 

Decir que los niños y niñas de primera infancia (hasta los 5 años) tienen emociones suena absolutamente evidente. Sin embargo, a veces esto se nos puede olvidar o le damos poca importancia, creyendo que porque su lenguaje verbal aún está en desarrollo, ellos no se comunican ni expresan lo que sienten.

Ellos siempre se comunican aunque de una forma diferente a los adultos. Para entender esto es importante saber cómo funciona el cerebro humano y en especial a esa edad.

Su cerebro todavía es inmaduro, por lo que es muy sensible a los estímulos externos. Por esa razón el malestar y la incomodidad la sienten de manera muy intensa y les cuesta tranquilizarse sin la ayuda de un adulto cercano. Esa molestia es vivida como estrés, lo que implica que se libera en el cerebro una hormona llamada cortisol, cuyo exceso provoca alteraciones notorias, sobre todo en esta etapa de la vida, como hipersensibilidad, problemas del sueño, irritabilidad y desregulación de las emociones, entre otros.

Es por esto que los niños pequeños nos necesitan para reconocer lo que están sintiendo y poder tranquilizarse, especialmente cuando están enojados, cansados, o tristes. Nuestra forma de conectarnos con ellos e interpretar sus señales como el llanto, la irritabilidad o la inquietud, es crucial para el desarrollo de un apego seguro y para la construcción de un vínculo afectivo estable y profundo, que les permitirá sentirse protegidos y tranquilos para poder explorar y así desarrollarse sanamente.

Muchas veces el comportamiento de los niños durante su primera infancia puede hacer que nos preguntemos: ¿Me estará manipulando?, ¿lo hará para molestarme?, ¿será sólo maña?, ¿lo dejo llorar para que se le pase? Sin embargo, si consideramos lo anterior, se nos hace más fácil encontrar la respuesta y darnos cuenta que sus comportamientos son señales que nos indican que algo les pasa o bien que tratan de comunicarse y que, definitivamente, nos necesitan.

Hay algunos que se calman cuando se les toma en brazos y se les hace cariño, otros cuando los miran con tranquilidad o cuando los adultos que están cerca traducen en palabras lo que les puede estar pasando, interpretando así sus emociones. Es un gran desafío descubrir con qué se calma cada hijo y ponerlo en práctica en situaciones difíciles, ya que en éstas es cuando realmente cuesta mantener la calma, empatizar y contenerlos.

Algunas ideas para probar en situaciones difíciles pueden ser:

– Tomarse el tiempo para identificar lo que le está pasando al niño, más allá de lo que aparece a primera vista. Por ejemplo, si rechaza comer, en vez de rápidamente decir “Es mañoso”, preguntarnos ¿Qué le puede estar pasando? ¿Qué me quiere decir?

– Aceptar sus emociones y ayudarle a expresarlas. Explicarle lo que creemos que le pasa puede ayudarle a reconocer lo que está sintiendo. “Entiendo que estás enojada porque tienes que guardar tus juguetes para irte a dormir y estabas jugando muy entretenida”.

– Mantener la calma y transmitirle consuelo. Tomarlo en brazos, tocarlo ligeramente y mirarlo a los ojos a menudo ayuda a que se relaje.

– No dejarlo solo, no burlarse de su conducta y nunca pegarle. El golpe puede detener la conducta en el momento, pero daña mucho al niño y su vínculo con él.

– No tener miedo a poner límites y decir que no. Los niños y niñas necesitan de un adulto que los guíe y los proteja con seguridad y claridad.

– Pedir perdón si nos equivocamos.

– Anticipar situaciones que pueden ser difíciles. Por ejemplo, darle la comida antes de que esté demasiado cansado, o bien si llegó la hora y está jugando, se le puede decir: “Te queda un rato cortito para jugar porque falta poco para comer, empecemos a ordenar”.

– Distraer su atención con algo diferente al foco de molestia, como contarle un cuento o cantar una canción que le guste.

– Una vez que pase el momento difícil, es bueno contarle qué puede hacer la próxima vez que tenga rabia o cuando le suceda la misma situación.

– Si sientes que estás con poca paciencia y que puedes perder el control, pídele a alguien que lo cuide mientras te das un respiro.

Recuerda que el llanto o “pataleta” de tu hijo no es “maña”; es algo que te quiere comunicar. No es “malcriarlo” cuando está llorando y lo tomas en brazos y lo contienes, por el contrario, le estás ayudando a que confíe en ti y sepa que puede contar contigo cuando se sienta mal. De esta manera, desarrollará un apego seguro y un vínculo afectivo profundo con sus adultos significativos, lo que será fundamental para su desarrollo integral.

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